“LA DIFICIL VIDA DE
SEMENYA, CUESTIONADA POR SU INTERSEXUALIDAD”
Caster Semenya no es un caso sencillo, tomarlo como tal es
caer en una gran simplificación. Fue bronce en 1.500 en estos Mundiales de
Londres y, en buena lógica, se impondrá en el 800, su prueba fetiche. Podría
también haber corrido el 400, aunque finalmente no lo hizo. Sí estará, en
principio, en el relevo 4x400. La combinación de pruebas, desde la velocidad al
medio fondo, ya da idea de que el caso de Semenya no es común.
La sudafricana es una atleta intersexual. Desde su explosión
como deportista, en los Mundiales de 2009 en Berlín, ha sido mirada con
sospecha por muchos y abrazada casi como un icono por otros. Fue en la capital
alemana cuando se supo que la IAAF había preparado para ella unos test de
género, algo que se conoció por una filtración que fue un gran escándalo.
Porque, además, en un acto de extrema torpeza, las pruebas se condujeron sin
que ella supiese el objetivo de las mismas.
El objetivo era ver si su condición física le daba una
"ventaja injusta", algo que, en todo caso, es bastante difícil de
delimitar. Tanto como de definir la palabra injusticia. Primero porque nadie
piensa que Semenya haga trampas; su situación no tiene que ver con el dopaje
sino con sus condiciones anatómicas. Tiene hiperandroginia, lo que quiere decir
que segrega unas cantidades de testosterona muy superiores a las habituales
entre las mujeres —los datos que se manejan la sitúan en unos niveles cercanos
a los percentiles más bajos en el género masculino— lo que podría suponer una
ventaja específica en el deporte. Pero aquí el condicional es importante.
Semenya fue obligada a medicarse para bajar la testosterona
de su cuerpo. En 2011 la IAAF puso en marcha una política de "elegibilidad
para mujeres con hiperandroginia" en las que señalaba que la ventaja que
tenían naturalmente estas atletas, que pueden ser escogidas para las pruebas
femeninas, deben tener los niveles de testosterona por debajo de los niveles
habituales en los hombres. Y eso, en el caso de Semenya, obligaba a ponerse
parches para contener la producción de esa hormona.
Así estuvo desde 2011 hasta el pasado año. Semenya, aun
medicada, no dejó de ser una atleta notable. Venció en los Juegos de Londres
2012 —fue plata en principio, pero descalificaron por dopaje a la rusa
Savinova— y también logró el oro uno año antes en los Mundiales de Daegu. En
esos años, en todo caso, sus resultados perdieron fuelle. Por la medicación,
pero también por algunas lesiones y cierta falta de compromiso con el deporte.
Así fue hasta que encontró un nuevo grupo de entrenamiento en un entorno
tranquilo, en Potchefstroom, cerca de Johanesburgo, célebre en España por haber
sido el lugar de concentración de la selección española de fútbol en el
victorioso Mundial 2010.
El resto de su vida iba camino de ser en esa línea hasta que
apareció en escena Dutee Chand, una atleta india con una complejidad similar a
la de Semenya. Se encontró con que la IAAF la impuso la necesidad de medicarse
u operarse para rebajar sus niveles naturales de testosterona. Y Chand dijo no.
Acudió al TAS y el tribunal lo primero que hizo fue pedirle a la federación
internacional que demostrase que la testosterona segregada naturalmente era una
ventaja competitiva injusta. No lo logró.
Vuelta al mejor nivel
Eso supuso que, automáticamente, las atletas que estaban bajo
la política de medicación para reducir los niveles de testosterona pudieran
dejarla sin más. Semenya, pero no solo Semenya. La sudafricana, sin esa
limitación y ya más centrada en el deporte, ha vuelto a demostrar que su nivel
atlético es inalcanzable para sus rivales. En una sesión histórica en los
campeonatos nacionales logró ganar el 400, el 800 y el 1.500. En la misma
tarde.
Esta película está muy lejos de terminar. Primero, desde un
punto de vista legal. La IAAF presentó hace poco un estudio que demuestra que
la ventaja adquirida por las atletas con exceso de testosterona natural sí
lleva a una "ventaja injusta". Eso quiere decir que volverán al TAS y
que, con nuevos análisis, el tribunal de arbitraje puede terminar determinando
que se vuelva a la regla de la federación internacional para limitar la hormona
en el deporte femenino.
No es solo por eso. Siempre que Semenya sale al tartán hay
runrún. Laura Muir, que quedó cuarta en el 1.500, fue preguntada al respecto y
no quiso hablar del tema. Ya es más que lo que se puede decir de otros como
Paula Radcliffe, 'recordwoman' mundial de maratón que en su momento dijo que había
que defender "los derechos humanos de la mayoría" por delante de los
de una persona solo. Lo que quiera que signifique eso, por otro lado. Todos
tienen una opinión al respecto, lo cual ya es de por sí insólito. También una
carga de presión aún mayor para la atleta, que puede ganar dinero y fama con el
atletismo, pero también un buen puñado de disgustos con lo que tiene que
escuchar.
"Cuando hago pis lo hago como una mujer. No entiendo
cuando me dicen que soy un hombre o que tengo la voz grave, yo sé que soy una
mujer, no hay duda para mía", decía esta semana, visiblemente enfadada.
Ella suele intentar no meterse en el tema. Hay, además, un argumento que se
repite entre quienes defienden que se deje competir a Semenya sin tomar a cabo
ningún tipo de medida. Recuerdan que el deporte está muy lejos de ser
homogeneizador, más bien al contrario. Michael Phelps tiene el tronco
extraordinariamente largo, Adam Peaty una doble articulación en los tobillos y
rodillas, medir más de dos metros es algo que empuja a un hombre normal a ser
alguien estimable en baloncesto, voleibol o balonmano.
Recuerdan, también, que hay restos de racismo y machismo en
toda esta conversación. En las competiciones masculinas nadie se detiene a
hablar de la altura o el músculo de los participantes, incluso puede llegar a
ser un argumento para señalar la excepcionalidad de un atleta —la altura de
Bolt es un ejemplo—, pero en el campo femenino parece que se busca un tipo de
atleta homogénea, femenina a los ojos occidentales, que no destaque en demasía.
Hay otro detalle por el que la carrera de Semenya no ha sido
normal hasta el momento, aunque quizá hemos llegado a ese punto en el que puede
empezar a serlo. Por el momento, dicen los que la conocen, nunca ha forzado la
máquina. Piensan que tiene en su pierna el récord más antiguo del atletismo, el
de 800 de Jarmila Kratochvilova. También que podría competir en más pruebas y
si no lo ha hecho hasta ahora es por una cierta intención a resultar 'normal'
(la comilla simple es importante). Los que están cerca de ellas consideran que
esos remilgos han terminado, que la sudafricana, que fue abanderada de su país
en Londres, ha decidido no dejarse por el camino una sola opción. Y ya si
aprende la táctica del 1.500 es seguro que tendrá más éxito.



